ADICCIONES Y OTRAS MÁSCARAS

  Cuando de seres vivos se trata, todos los fenómenos relacionados con ellos deben encararse en su doble vertiente del entorno que acciona y del organismo que reacciona. En las adicciones tenemos por un lado lo que se ha llamado “poder adictivo” de la sustancia de la que se depende. Sin desconocer esta propiedad adictiva propia de cada sustancia, debemos aclarar que ésta es relativa. Es relativa a la persona que se ha vuelto dependiente. La sustancia aporta al adicto placer y satisfacción, y será tanto más adictiva cuanto mayores sean el sufrimiento y la insatisfacción habituales de la persona. Los estupefacientes, el alcohol, la nicotina o cualquiera que sea el químico de que se trate, no son más que máscaras para ocultar el dolor. Otras máscaras son el trabajo, el esparcimiento o cualquier actividad como medio para mitigar nuestro estado afectivo.

  El displacer es la verdadera adicción de fondo, y como no se la reconoce como tal, estamos siempre ocupados en las adicciones superficiales, que son su consecuencia. Este sufrir enmascarado es el factor principal que asegura la recaída frecuente en el vicio. Decimos que el sufrimiento es una adicción porque poseemos una compulsión a realizar actos que nos acarrean dolor. El hábito es una conducta repetitiva que se alimenta a sí misma: cada repetición facilita la próxima repetición. Tenemos hábitos virtuosos  y hábitos viciosos. Los primeros permiten que la persona se desarrolle y madure, mientras que los segundos sólo hacen crecer al hábito mismo en detrimento de la persona (tal como un parásito). 

  Desde una perspectiva superficial y social, el “problema” con las sustancias adictivas es que proporcionan placer pero tienen ciertos efectos colaterales que son más o menos problemáticos para la persona y su entorno. Aquellas que tienen pocos efectos adversos sobre los allegados al adicto, como los cigarrillos o los psicofármacos, son socialmente más aceptadas que las que perturban el funcionamiento familiar y social, tales como el alcohol o las drogas. En las llamadas “drogas duras”, lo “duro” no es tanto su poder adictivo, sino sus terribles efectos adversos, tales como el deterioro intelectual y físico. Si éstas no dañaran a la persona y a otros, otorgando al consumidor únicamente placer y satisfacción, no habría condena social. Al ciudadano medio le interesa más que su prójimo no lo moleste a que sea realmente feliz. Si la persona puede tomar una píldora y tapar sus miserias, la sociedad puede seguir funcionando en un nivel productivo (produciendo objetos y sujetos útiles). El resultado es que la reprobación de los otros refuerza la adicción, porque el rechazo aumenta aun más el sufrimiento del ego y la manera más sencilla de menguarlo es con el mecanismo que ya desplegó la persona para ese fin: el consumo. En las adicciones, por lo tanto, a la fuerza del hábito se suma la finalidad más o menos conciente de aliviar un dolor profundo. Entonces, el camino será tomar conciencia plena del hábito y dar cauce adecuado al sufrimiento de base, todo esto en un contexto de aceptación y comprensión del paciente y sus mecanismos de defensa.