CORTAR CON EL MIEDO AL MIEDO

  Cuando un paciente pregunta cómo terminar con el miedo y la angustia, siempre nuestra respuesta es: “Usted tiene que dejar de alimentar a las emociones negativas con más emociones negativas”. Dicho esto, nuestra labor no es ni más ni menos que guiar a la persona para que se empodere y consiga ser cada vez más dueña de sí misma, es decir, de sus pensamientos y sus emociones, pasando a controlar su mente, en lugar de que la mente la controle a ella. Por supuesto, este control no es absoluto ni total y varía mucho de paciente a paciente, pero se puede lograr que lo sea en grado suficiente como para que el psiquismo se vuelva un instrumento al servicio de uno y no al revés. La mente es una interfase entre nuestro Yo real y el mundo. El sistema nervioso y su más compleja función, la mente, son herramientas que se ha desarrollado a lo largo de millones de años de evolución con el objetivo de que los organismos puedan interactuar mejor con el medio ambiente. En los seres humanos, su finalidad es registrar información, procesarla y presentarla a la conciencia. Dicho de otro modo, el mundo externo se refleja en el espejo de la mente y es esto lo que siempre percibimos (jamás estamos en contacto con el mundo directamente). Ahora bien, todo lo que se refleja, ya sean imágenes, palabras o sentimientos, no son parte de nosotros, sino simples percepciones o proyecciones en la pantalla de la mente. El observador no es lo observado. Sentimos el miedo, pero éste no es más que una percepción de nuestro cuerpo reaccionando a memorias desactualizadas. El verdadero problema surge cuando reaccionamos al miedo con más miedo, cuando etiquetamos al miedo mismo como peligroso y nuestro cuerpo responde acrecentando la angustia existente. En nuestra confusión, echamos combustible al fuego.

  Entonces, como terapeutas tenemos dos tareas: la primera es que el paciente aprenda a discriminar quién es él en verdad y qué cosas no son él, diferenciando su Yo profundo de las reacciones que ocurren en su cuerpo y alrededor suyo. La segunda labor es interrumpir de alguna manera el circuito de alimentación mutua entre los pensamientos y las emociones corporales. Es aquí donde entran en juego las Técnicas de Re-Asociación Cerebral (TRAC®), ideadas para trabajar sobre las partes más primitivas de nuestro cerebro, que son las que generan sentimientos tales como el temor en respuesta a imaginaciones angustiosas (sean concientes e inconcientes, como ocurre en los ataques de pánico, por ejemplo). Pensemos a estas partes más antiguas de nuestro cerebro como la parte animal, nuestra herencia animal, escondida debajo de nuestra porción más evolucionada y que nos permite pensar, la corteza cerebral. Si observamos la historia y la actualidad de los seres humanos, con toda su violencia y abusos, podemos notar que hasta ahora nuestras acciones han estado regidas fundamentalmente por las regiones más irracionales y emocionales de nuestro cerebro. Toda vez que nos dejamos llevar por la ira o el miedo en lugar de actuar según una evaluación de las consecuencias de nuestros actos sobre nosotros y los demás, estamos siendo dominados por el animal que hay dentro nuestro (ser adulto significa saber posponer nuestros impulsos y deseos inoportunos, en contraposición al niño dominado por su animalidad). Desde el punto de vista terapéutico, el problema es que nuestro “yo animal” no entiende razones: aquí no alcanza con explicaciones ni tomas de conciencia. Las TRAC® permiten que nos comuniquemos con lo irracional que hay en nosotros, haciéndole saber que ya no es necesario ni apropiado estar enojados o con miedo. Así, de una manera segura, ponemos en su lugar a las memorias y emociones obsoletas y cortamos con el círculo vicioso del miedo, trayendo al presente la razón y la paz mental.