DOLORES DE ESPALDA: CARGANDO RESPONSABILIDADES

  El dolor crónico le quita a la persona la capacidad de disfrutar la vida, y el dolor de espaldas de larga duración, especialmente, reduce su rendimiento laboral y sexual. Después de las afecciones de las vías respiratorias superiores, el dolor de espalda es la principal causa de ausentismo laboral. Como si esto no fuera suficiente, muchas veces el paciente con dolor crónico es estigmatizado como un buscador de atención o de querer escapar de las responsabilidades.

  Se suele culpar a esguinces, distensiones musculares, rupturas de discos, osteoartritis, traumatismos, sobre-esfuerzos, malas posturas y a la obesidad, entre otros. ¿Pero por qué hasta ahora el dolor de espalda ha sido tan resistente al tratamiento médico e incluso quirúrgico? Porque las causas reales de los dolores de espalda tienen poco que ver con discos herniados, desgarros musculares o artrosis. Un estudio publicado en el New England Journal of Medicine (Borenstein, 2001), mostró que si se toman cien personas de mediana edad, las cuales NO tengan dolores de espalda, y se les realizan resonancias magnéticas, 65% mostrarán desplazamientos de discos intervertebrales o estenosis espinales (afecciones que son responsabilizadas por la mayoría de los dolores de espalda), aunque estas personas no refieran ningún dolor. Los hallazgos de dichos diagnósticos por imágenes no fueron predictivos del desarrollo o duración del dolor de espalda. En conclusión: una gran mayoría de las personas que presentan alteraciones estructurales en la columna vertebral, no manifiestan ningún dolor (son asintomáticos). Estas investigaciones ponen en duda la relación causa-efecto entre dolor y alteraciones anatómicas. Entonces, ¿qué causa el dolor crónico?: se ha descubierto que estos pacientes tienen una tensión crónica de los músculos del cuello y de la espalda. Lo que está causando el dolor es la tensión muscular crónica.

  La tensión y el dolor siempre sirven a un propósito útil (aún el dolor crónico), que es protegernos. La protección no es sólo del mundo exterior, sino también del interior, de los sentimientos considerados conciente o inconcientemente como peligrosos o inoportunos. Las contracturas en el cuello y la parte superior de la espalda reprimen los sentimientos de ira y rebeldía. Las tensiones en la zona lumbar acumulan las preocupaciones y el estrés de la vida diaria (guardamos los pequeños y grandes traumas no sólo en nuestras mentes, sino también en diferentes partes del cuerpo). El dolor es generado por un espasmo (contracción muscular involuntaria persistente) y el espasmo, a su vez, es provocado por la ansiedad o la ira.  

  Es muy común que el dolor de espalda se desencadene después que la persona levanta un objeto pesado, pero hay una gran cantidad de casos que se desarrollan por actividades al parecer inofensivas, tales como inclinarse para recoger algo del suelo o lavando los platos. Sea el detonante grande o pequeño, el resultado es un espasmo muscular que determina un dolor agudo en la parte inferior de la espalda que inmoviliza a la persona (a veces, el músculo contracturado presiona alguna raíz nerviosa y el dolor se irradia al miembro inferior, siendo ésta una causa muchísimo más frecuente de ciática que la hernia de disco, con la que también suele coexistir). En estos casos, puede no haber suficiente tensión en la acción que genera el espasmo, pero siempre hay una tensión previa acumulada en el cuerpo del paciente. La parte inferior de la espalda es particularmente sensible al estrés porque en esta zona confluyen dos fuerzas opuestas que crean tensión: una es la fuerza de gravedad, y la otra actúa hacia arriba manteniendo la postura erecta y permitiéndonos responder a las demandas. La región lumbar es una de las encrucijadas mente-cuerpo donde se libran las batallas y conflictos entre deseos y necesidades. Normalmente, ante una carga que nos sobrepasa, los miembros inferiores son los primeros en claudicar: si la presión es demasiado grande, las rodillas ceden. Cuando las rodillas se ponen rígidas, toda la presión la sufre la zona sacrolumbar (de aquí el sabio consejo de mantener las rodillas flexionadas cuando se levanta un objeto pesado). El problema es que nuestro cuerpo no distingue entre estrés físico y estrés psíquico. Nuestras piernas se ponen tensas para hacer frente a la tensión tanto física como mental y nos resistimos a someternos o darnos por vencidos más allá de nuestro propio beneficio hasta que se produce el colapso (“alguien tiene que ceder”… y la que cede es la espalda). El dolor nos paraliza y nos protege de situaciones indeseadas y de ponernos en contacto con sentimientos dolorosos (el dolor físico reemplaza a un dolor emocional). Una máxima de la psicosomática dice que “el subconciente hace metáfora en el cuerpo”, es decir, que el cuerpo expresa a su manera lo que pensamos y sentimos. En otras ocasiones, cuando tenemos un conflicto y en verdad no queremos hacer alguna cosa, si el estrés se vuelve intolerable, la espalda se nos resiente y no tenemos más remedio que ceder. Nuestro cuerpo tiende a cumplir nuestros deseos más profundos.

  Debemos preguntarnos qué problema puede estar soportando la zona dolorosa: “¿Qué estoy cargando sobre los hombros y la espalda?”, “¿Qué pesa demasiado en mi vida?”… ¿responsabilidades tales como familia, pareja, trabajo o estudios? ¿o alguna pena, rencor o temor del pasado? Debemos darnos cuenta de qué estamos preocupados o enojados. La tarea del terapeuta es guiar al paciente para descubrir y procesar estos factores emocionales que condicionan en sumo grado el dolor crónico.