EL VALOR DE LA PRESENCIA TERAPÉUTICA

  El arte de escuchar es por sí mismo curativo si el terapeuta se vuelve altamente receptivo a su paciente. Para esto, deberá dejar a un lado, al menos mientras está con el paciente y tanto como le sea posible, sus prejuicios, sus teorías, sus experiencias anteriores… en suma, su yo. Esto equivale a convertirse en un recipiente vacío (vacío de sí mismo), donde el paciente pueda ser contenido y transformado.

  Las leyes de la termodinámica dicen que la energía fluye desde un nivel de mayor energía a uno de menor, tal como en una pila eléctrica, la electricidad va del polo negativo al polo positivo, de menor potencial. En cualquier sistema, este movimiento de energía desde un polo más excitado hacia uno menos excitado, puede aprovecharse para realizar algún tipo de trabajo. Desde un punto de vista energético, el trabajo terapéutico no es diferente. El paciente viene a la consulta con una determinada carga emocional y el terapeuta tiene la función de obrar como un recipiente en el que el paciente pueda volcar sus miedos, enojos y tristezas. Y esto sólo puede ocurrir si el terapeuta tiene un estado mental asentado, es decir, de menor energía que el que trae el paciente. Así, la energía fluirá desde el paciente al terapeuta. Es como el agua que cae por una cascada desde un punto más alto hacia otro más bajo. Si el terapeuta no se encuentra en un nivel más bajo que a quien pretende ayudar, no sólo no lo aliviará, sino que puede cargarlo con su propia energía emocional. Pero, ¿qué ocurre con todo lo que recibe el terapeuta? A diferencia del paciente, que funciona como un acumulador de miserias, cargándose de porquerías mentales día a día y año tras año, la mente del terapeuta, que funciona (o debería funcionar) en un nivel de excitación más reposado, puede transmutar los contenidos mentales del paciente y devolvérselos elaborados: el paciente entrega ansiedad y el terapeuta le devuelve paz… el paciente proporciona irritabilidad y el terapeuta le regresa paz… Esto rompe el círculo vicioso que ha estado alimentando la enfermedad del paciente. El sufrimiento, sea cual sea, como una entidad que espera recibir más dolor para perpetuarse, se encuentra con una reacción diferente e incluso opuesta de parte del terapeuta. Este es el sentido de la estrategia de Jesús cuando dice que hay que amar al enemigo. En el mundo interior de los sentimientos, responder al mal con el mal, hace crecer al mal mismo (y es lo que el dolor busca: generar más dolor).

  Existe entre las personas una permanente corriente de información entre sus mentes subconcientes. Si bien sus mentes concientes pueden parecer estar separadas y aisladas unas de otras, hay una conexión profunda entre ellas. El subconciente del paciente percibe la mente relativamente más aquietada del terapeuta y esto de por sí le trae más tranquilidad. El paciente podrá girar como un torbellino alrededor del terapeuta, pero la ecuanimidad de éste lo irá aquietando poco a poco y lo hará ganar claridad mental. En el fondo, el paciente sabrá que a pesar de la tormenta emocional que está padeciendo, enfrente suyo hay un puerto seguro. Un terapeuta centrado en sí mismo se vuelve un punto de referencia estable para su paciente. El terapeuta se ofrece a sí mismo como una posibilidad que el paciente puede alcanzar. Es como si le dijera: “Si yo estoy en este estado, usted también puede: acompáñeme”. La labor terapéutica, más allá de los métodos utilizados, es esencialmente un acto presencial, una comunión entre personas que excede las palabras.