LA ALQUIMIA DE LAS EMOCIONES TOXICAS

  Si usted en este preciso momento está angustiado (por algo que pasó, que está pasando o que pasará), necesita saber que la emoción que está sintiendo ahora mismo no es un monstruo ni es su enemigo. Este sentimiento tan terrible no es ni más ni menos que una reacción física ante un pensamiento, generado a su vez por una experiencia (pasada, presente o futura). Debemos distinguir aquí la experiencia que ha generado el sentimiento, del sentimiento mismo: son la causa y el efecto, respectivamente (y sobre este efecto emocional queremos trabajar). Las emociones tienen originalmente una finalidad positiva, ya que motivan comportamientos para resolver dificultades en la vida (las emociones nos mueven a la acción: para deshacernos del malestar emocional tenemos que hacer algo para modificar aquello que lo genera). Pero cuando estas emociones son excesivas, inadecuadas o tóxicas, se vuelven más perjudiciales que útiles (al problema original se le agrega un problema emocional).

  A pesar del malestar que sentimos con las llamadas emociones negativas, éstas no son desagradables en sí. La reacción emocional se siente desagradable y molesta porque está siendo interpretada de manera negativa por nuestra mente; es como si la mente le hubiera puesto una etiqueta que dice “malo”. Las emociones, al tildarlas de negativas, traen sufrimiento. El sufrimiento es una especie de coloración que adquieren las percepciones al pasar a través del filtro de nuestra mente. Es tal como sucede con el dolor físico: una cosa es el puro dolor físico y otra el sufrimiento mental, que es lo que vuelve intolerable a una sensación física, intensa pero neutra (si despojáramos al dolor del sufrimiento mental, lo que sentiríamos sería tan sólo sensaciones de carácter táctil, presión sobre todo). El sufrimiento es necesario para impulsarnos a resolver problemas, pero se convierte en el mayor de los problemas humanos cuando no se corresponde apropiadamente con una causa (esta desproporción o inadecuación lo vuelve “tóxico”).

  Siendo nuestra interpretación la que nos hace sufrir, ¿será posible quitarle a cada emoción negativa su etiqueta de “negativa”, de manera que sólo permanezca como una sensación más? ¿E incluso será posible que un sentimiento horrible e intolerable (ya sea miedo, culpa, pena o rencor) pueda simplemente “darse vuelta” y convertirse en su contrario? (esto último suena demasiado increíble ¿no?). La primera posibilidad (neutralizar la negatividad de la emoción), que es la que más frecuentemente observamos en la práctica, es lo que se suele llamar “paz mental”. Estamos en paz en relación a algo, cuando no nos hemos olvidado de ese “algo”, pero al pensar en ello ya no nos despierta emociones negativas o lo hace en un grado mínimo y razonable (sin impedirnos seguir con nuestra vida).

  A su vez, las emociones negativas están denunciando nuestra falta de comprensión de algún aspecto fundamental de nuestra vida (pasada, presente o futura). La paz mental nos brinda una nueva perspectiva y comprensión de lo que nos angustia, al despejarse nuestra mente de los nubarrones emocionales; es decir, podemos pensar con mayor claridad. No podemos ahondar aquí en la naturaleza de este entendimiento (por cuestiones de espacio y para evitar malentendidos), pero sí podemos decir que la paz mental trae comprensión, y esta comprensión trae a su vez más paz mental. Entramos así en un círculo virtuoso: paz-comprensión-paz-comprensión-paz… Una de las comprensiones más profundas y transformadoras que trae la claridad de la paz mental es que debajo del miedo, de la angustia, de la pena y de la ira, está el Amor; y por Amor con mayúscula nos referimos a un sentimiento de vínculo y unidad con otros seres, vivos y no vivos (las emociones negativas son los perros guardianes de nuestros más grandes tesoros). En verdad, cada sentimiento es como una moneda que tiene dos caras: una cara es oscura y la otra es luminosa. El Amor es la cara luminosa de la moneda de la vida.

  La alquimia o transformación de las emociones es posible por dos factores. El primero es el conocimiento de los mecanismos mentales que permiten la transmutación de los sentimientos (las Técnicas de Re-Asociación Cerebral o TRAC® se basan en estos conocimientos). El segundo factor, y no menos importante, es la conexión paciente-terapeuta, de mente a mente y de corazón a corazón (que se suele llamar “rapport” en la jerga psicológica). Esta comunión entre personas, más que comunicación, permite que el paciente pueda compartir con total libertad sus pesares ante alguien que le inspira confianza, y así sentir profundamente que ya no tiene que lidiar solo con sus angustias.