LA ADICCIÓN AL DOLOR

  Si definimos a la adicción como una necesidad compulsiva e imperiosa de realizar cierta acción, podemos incluir entonces en esta categoría a nuestra tendencia irresistible a repetir una y otra vez ciertos actos, externos e internos, a pesar del sufrimiento que nos causan. Tropezamos continuamente con las mismas piedras.

  ¿Por qué ocurre esto? Nuestro sistema nervioso nos permite relacionarnos e interactuar con el mundo exterior e interior. Tiene como característica esencial la capacidad de almacenar experiencias, es decir, de memorizar. En los mamíferos, la memoria y los sentimientos están estrechamente asociados, de manera que cada recuerdo tiene una carga afectiva. Esta emotividad ligada a las experiencias pasadas llevará a que nos relacionemos de manera condicionada ante los hechos de la vida diaria. La visión de la realidad perderá objetividad y nuestro accionar será inadecuado.

  La frecuencia con que un recuerdo aflora a la conciencia depende de su carga sentimental y de la atención que le dispensemos. Somos nosotros quienes mantenemos en la superficie a los recuerdos y les damos fuerza. Estos fenómenos psíquicos son como animales hambrientos que se alimentan con nuestra atención, y volverán constantemente mientras los engordemos. A mayor atención, las vías o canales nerviosos de la memoria se refuerzan sentimentalmente y se hacen más profundos, resultando cada vez más difícil salir de estos carriles que forman los hábitos. Los recuerdos pueden ser placenteros o dolorosos, pero siempre se establece un círculo vicioso que va desde la memoria hacia el placer o el displacer, y de vuelta a la rememoración con renovada intensidad.

  El camino para salir de esta vía circular del sufrimiento, consiste en no aferrarse a los recuerdos con sus sentimientos asociados cuando estos surgen. Debemos dejarlos pasar. No debemos continuar revolcándonos en el pasado. Sin embargo, al comienzo esta será una de las tareas más difíciles que podamos emprender, porque nos hemos vuelto adictos al sufrimiento. El abstenerse de sufrir generará una sensación de vacío, de falta. Este es un síntoma de abstinencia. Si podemos soportarlo, lo que en un inicio resulta desagradable, luego se convierte en una sensación de alivio, de liviandad, como si nos hubiésemos desprendido de una carga pesada. La memoria dolorosa volverá una y otra vez, pero cada vez con menos vigor si en cada ocasión la ignoramos. Perseverando en esta práctica, los recuerdos persistirán pero desprovistos de la emotividad que nos trastorna (esta limpieza emocional puede verse enormemente facilitada y acelerada gracias a las Técnicas de Re-Asociación Cerebral - TRAC®).