LA INSATISFACCIÓN, ¿DE QUIÉN?

 La insatisfacción es un estado de descontento más o menos permanente con respecto de nuestra vida actual. Lo que usualmente llamamos “stress”, es una actitud de rechazo a nuestra situación presente, que se acompaña de un humor irritable o depresivo. Desde el punto de vista fisiológico, esta resistencia o fricción al vivir cotidiano se traduce como un incremento de la noradrenalina y el cortisol sanguíneos, los cuales llevan a la hipertensión arterial y a la ateroesclerosis, es decir, a las enfermedades cardiovasculares. Estas últimas han sido denominadas “enfermedades de la civilización”, pero sería más preciso referirnos a ellas como enfermedades de la insatisfacción.

 Esta ausencia de satisfacción lleva a la búsqueda de placer en fuentes externas, que por su carácter transitorio, terminan en una mayor frustración y hambre de placeres sensoriales. Las distracciones superficiales no pueden esconder el hecho de la falta de realización de nuestro yo profundo y las sensaciones de vacío y sin sentido que de ésta resultan.

  Se debe destacar que una cosa es la realización del yo verdadero, consistente en el reconocimiento pleno y honesto de nuestros sentimientos, y otra muy diferente es la realización del ego (la concepción falsa que tenemos de nosotros mismos). El descontento en la vida cotidiana es uno más de los métodos que posee el ego para autoperpetuarse. Esta autoimagen que tiraniza nuestro diario vivir, es un complejo de hábitos que se alimenta de la repetición de acciones y pensamientos. Uno de los hábitos que más lo refuerzan es el de oponerse, no importa a qué o quién. El dato revelador es que la insatisfacción no sirve para nada excepto para sostenerse a sí misma, como hábito que es. El disgusto o aversión por algo o alguien no puede por sí mismo cambiar a ese algo  o alguien. Es un sentimiento inútil. Si se debe y se puede emprender una acción, esto es lo que debe hacerse. Pero si una circunstancia no puede evitarse, entonces lo que debe evitarse es continuar reforzando nuestro hábito de oponernos y sufrir mediante pensamientos repetitivos de índole negativa o con fines de mitigación (tales como “esto no debería haberme sucedido”, “esto es injusto”, “esto es temporal” o “en el fututo estaré mejor”). Si practicamos de manera regular el no-repensar nuestros sentimientos, nos sorprenderá reconocer que el malestar no provenía de la situación que juzgábamos como displacentera, sino de nuestro hábito de resistirla. Paradójicamente, muchas veces es nuestro rechazo el que mantiene tales condiciones, y nuestro cambio de actitud terminará por modificarla sin haber pretendido hacerlo.