LA MEJOR VENGANZA ES VIVIR BIEN

  El rencor es uno de los pilares de la patología psicosomática, junto con la culpa y el sentimiento de inferioridad. Tenemos la fantasía de que guardando rencor hacia aquellos que nos han herido los hacemos pagar de alguna manera. Si dejásemos ir el resentimiento ellos “se saldrían con la suya”. La verdad es que guardar rencor es como tomar veneno y esperar que muera el otro. Nos hacemos daño a nosotros mismos en lugar de a los personajes que odiamos. Nos hicieron daño en su momento y ahora permitimos que nos sigan haciendo daño al revivir una y otra vez los agravios e injurias en nuestra mente. De ahí el dicho “la mejor venganza es vivir bien”, que equivale a decir: “No voy a permitir que me sigan haciendo daño”. Esto no significa olvidar, sino dejar de sufrir emocionalmente en el presente por cosas que sólo existen como pensamientos en nuestra cabeza. Esto es importante destacarlo: lo que nosotros vivimos tan intensamente al recordar un hecho traumático es sólo una película mental sin más sustancia que un fantasma. Estos fantasmas no son más que luces y sombras proyectados en la pantalla de nuestra mente. Sin embargo, al recordar creemos que de alguna manera y en algún lugar esos eventos todavía están ocurriendo y nosotros estamos allí. En su momento todo eso fue real, ¡pero ya no lo es! Es como cuando éramos niños y despertábamos de una pesadilla y nuestra madre nos decía: “Tranquilo, fue sólo un sueño”. La labor del terapeuta se parece mucho esto: consiste en hacer despertar al  paciente de su sueño vigil y hacerle sentir que el pasado ya pasó, que lo único real es el presente.

  Queremos venganza porque nos duele lo que nos hicieron. ¿Qué pasaría si dejásemos de sufrir por lo que nos hicieron? ¿Qué pasaría si lo que nos hicieron dejase de tener importancia? ¿Qué tal si la mejor venganza fuese nuestra indiferencia? Tal como decía el sabio chino Confucio: “Debemos responder a los beneficios con gratitud y a las injurias con indiferencia”. ¿Qué tal si pensáramos “me hicieron daño pero ya no más”? Ahora, mientras usted lee esto, observe como una parte suya se rebela contra estas ideas… “Pero, ¿cómo no me va a importar? ¡No se merecen que yo deje de sentir esta ira! ¡Es injusto!” Esta parte de su mente justifica el pensar repetidamente sobre el mismo tema, diciendo que sería injusto para usted dejar de hacerlo, pero lo que en realidad hace esta porción de su mente es alimentarse del dolor que genera este proceso. El circuito de pensamiento-dolor-pensamiento sigue y sigue… Usted puede creer que al menos en su imaginación puede apagar su sed de  venganza, pero esto es como beber agua de mar: el alivio es fugaz y es seguido de una sed aun mayor. La verdadera revancha es cortar con estos personajes que viven en nuestra mente y decir: ¡No van a hacerme más daño! ¡Los dejo en el pasado al que pertenecen!

  Debajo de la ira y el rencor está el dolor, la tristeza, la pena. Es nuestro niño interior que llora y se lamenta por la herida recibida. Sanar esta parte nuestra que es inocente y que no comprende por qué pasó lo que pasó, es lo fundamental. Una vez que sanamos esto, la ira se desvanece por sí misma porque ya no tiene sentido, dado que es una reacción de defensa del yo ante un dolor psíquico. Lo que aparece en el lugar del rencor hacia nuestros victimarios es la compasión. Muchos pacientes llegan a tener lástima por aquellos que los injuriaron. Podemos aquí hacer una interpretación de las enseñanzas de Jesús y decir: “Comprende a tus enemigos… y libérate de ellos”. Esto evidencia que nos hemos puesto en un plano superior a aquellos que nos lastimaron.

  El estado de paz mental en relación a un hecho no significa estar feliz por lo que pasó, sino verlo desde una distancia más objetiva y con un ánimo más sereno (muchos pacientes dicen que al recordar lo sienten como si le hubiese pasado a otro). Es como si saliésemos de la película y la viésemos desde afuera. Es salir del sueño. Cuando despertamos de una pesadilla decimos con alivio: ¡Ah! ¡Era un sueño! Algo muy similar ocurre cuando vemos estos recuerdos como lo que son: restos en nuestra memoria de hechos que AHORA no existen. Lo que existe ahora son marcas en nuestro sistema nervioso, y eso lo podemos trabajar. 

  Una última aclaración: Perdonar no es aprobar. Perdonar no es permitir. Perdonar no es olvidar. Perdonar es dejar de torturarnos a nosotros mismos en el presente por algo que ocurrió en el pasado. Perdonar es como liberar a un prisionero y descubrir que el prisionero éramos nosotros. Nuestras cadenas están hechas de pensamientos y sentimientos. Darse cuenta de esto es el primer gran paso hacia la libertad.