PÁNICO, ANGUSTIA Y OTROS ESPANTOS COTIDIANOS

  Las incesantes presiones, preocupaciones y disgustos de la vida moderna nos han llevado a una sensibilización tal del sistema nervioso, que para la mayoría vivir es sinónimo de sobrevivir, es decir, vivir en un estado de alerta y miedos constantes con periódicos estallidos de angustia. Los ataques de pánico son accesos repentinos y reiterados de ansiedad, de grado muy intenso y sin causa aparente, acompañados de síntomas físicos asociados al miedo, tales como taquicardia, dificultad respiratoria o sensación de ahogo, dolor u opresión en el pecho, mareos e inestabilidad, sudoración, náuseas o vómitos y temblores o sacudidas. A menudo la persona siente que está en peligro de muerte inminente y tiene una necesidad urgente de escapar. También se presentan sensaciones tales como el miedo a perder el control o incluso la razón. Un síntoma muy característico es la despersonalización, que consiste en una sensación de irrealidad, o de sentirse que uno mismo o el entorno no son reales, de estar separado de sí mismo o aislado del entorno, o como si estuviera sin vida o en un sueño. Sin embargo, el verdadero síntoma incapacitante es el “miedo al miedo”, es decir, el temor a padecer un ataque de pánico, especialmente en público, que lleva a la persona a limitar su vida social, evitando las situaciones que desencadenan las crisis.

  Es importante destacar que los ataques de pánico no se desatan necesariamente en circunstancias estresantes, sino que pueden hacerlo cuando el paciente está tranquilo y relajado. Un estímulo sin importancia aparente (pero con un significado subconciente originado por una asociación equivocada entre un hecho del pasado y los estímulos del presente) puede desencadenar una respuesta corporal de peligro con los conocidos síntomas de angustia. En la crisis, esta respuesta defensiva pero descontrolada (una exageración de las reacciones normales al stress), dispara los niveles sanguíneos de adrenalina y noradrenalina, hormonas que favorecen las conductas de lucha o huída ante las amenazas. De este modo, durante un ataque de pánico, nuestra parte animal toma el control e intenta desesperadamente conservar la vida ante una supuesta amenaza. Pero aquí la amenaza no es real, sino un fantasma del pasado que se proyecta en el presente: algo que ya no existe pero que ha dejado una huella en nuestro sistema nervioso, la cual ha determinado una falsa alarma que se dispara constantemente por la mínima provocación. Este estado de pánico no se termina de resolver nunca por sí mismo debido a que los síntomas corporales son interpretados inconcientemente como una confirmación de la amenaza, generando una retroalimentación o círculo vicioso entre el cuerpo y la mente. Podemos decir que el miedo se alimenta del miedo.   

  El camino para salir de este círculo vicioso es interrumpir o cortar el circuito del pánico. Las Técnicas de Re-Asociación Cerebral (TRAC®) consiguen romper el vínculo entre los disparadores del miedo y el miedo mismo, de manera que lo que antes era considerado erróneamente como peligroso pasa a ser inofensivo o neutro. Al cortar la cadena del miedo, desactivando el circuito de retroalimentación entre la mente (con sus pensamientos) y el cuerpo (con sus reacciones de alarma), logramos dos cosas. La primera y urgente: la desensibilización del sistema nervioso central, que es el responsable de la reactividad exagerada y la consiguiente falta de adaptación al medio ambiente. La segunda y fundamental: la superación del pasado y sus fantasmas.