SECUELAS PSICOLÓGICAS DE LOS ACCIDENTES DE TRÁNSITO

  Los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte en el país entre los 5 y 34 años y pueden dejar serias secuelas. En Argentina hay 5000 víctimas fatales por año y más de 100 mil heridos de distinto grado, de los cuales 40 mil terminan con algún tipo de discapacidad. Estas secuelas pueden dejar a estos pacientes inhabilitados para poder seguir llevando una vida normal, alterando la capacidad para trabajar y para relacionarse con su familia. 

  Aquellos que han sufrido accidentes de tránsito pueden padecer consecuencias tales como problemas para dormir, dolores de cabeza, pesadillas, stress, falta de motivación, pérdida de la confianza en sí mismos, ataques de pánico, fobias, depresión, trastornos alimentarios e incluso impulsos suicidas (dependiendo del estado emocional previo que tenía la persona). En cualquier accidente de tránsito, aún el más mínimo, siempre aparece en los protagonistas el temor de que el hecho se repita y, yendo más lejos, algunos pacientes desarrollan fobias que les impiden poder subir a un automóvil o viajar en transportes públicos, e inclusive salir a la calle.

  Los accidentes graves pueden provocar el Trastorno por Estrés Postraumático (TPEP), que se desata tras la exposición a acontecimientos que representan un peligro inmediato para la vida o la integridad psicofísica de la persona (la misma situación se puede producir cuando se es testigo de un siniestro que ocasiona la muerte o heridas de otras personas). Los siguientes son los síntomas más frecuentes del TPEP después de un accidente de tránsito: re-experimentación mental (“flashback”) del trauma como si se lo estuviese viviendo en el momento presente; problemas para conducir vehículos o para viajar en ellos (las víctimas evitan constantemente exponerse a estímulos asociados con el episodio vivido); temor de realizarse pruebas o procedimientos médicos; desapego afectivo (ya no se relacionan afectivamente como antes y se mantienen desinteresados de su entorno cotidiano o tienen la sensación de no estar conectados con éste); sensación constante de intranquilidad; tendencia a sobresaltarse fácilmente; irritabilidad o preocupación excesivas; pesadillas o problemas para dormir; pérdida de la concentración y de la memoria; recuerdos constantes del accidente que no se pueden controlar o incapacidad para recordar episodios del trauma. Todos estos síntomas no son necesariamente inmediatos al hecho traumático, sino que pueden aparecer hasta seis meses después.

  En la mayoría de los casos, como telón de fondo de toda la sintomatología, además de la falta de autoconfianza, están los otros dos sentimientos fundamentales de toda neurosis: el resentimiento (hacia quienes se considera en este caso responsables del accidente) y la culpa (“¿lo podría haber evitado?”). Para ilustrar esto podemos poner como ejemplo el muy frecuente “latigazo cervical” (una lesión en el cuello por ser chocado desde atrás o de lado), que muchas veces deja secuelas que resisten los mejores empeños terapéuticos. Esta resistencia a la curación no se debe a la naturaleza de las lesiones en sí, sino a sus condicionantes afectivos. Sencillamente, no soltamos el dolor porque está asociado inconcientemente con el rencor o la culpa: sanar significaría perdonar, ya sea a quienes creemos que nos han hecho daño o a nosotros mismos y, conciente o inconcientemente, no estamos dispuestos a ello. Trabajar sobre estos pilares afectivos de la enfermedad es de primerísima necesidad si se desea una pronta y completa recuperación. Las Técnicas de Re-Asociación Cerebral (TRAC®) son las herramientas terapéuticas de primera elección en cualquier trauma psíquico, ya que permiten una óptima recuperación en tiempo y forma de aquellos eventos que no han podido ser procesados en su momento y que continúan vigentes, trastornando el presente.