TIEMPO PARA DESCUBRIR LA REALIDAD DE NUESTRO SER

  Durante las vacaciones, cuando nos tomamos un descanso de nuestras actividades habituales, tenemos la oportunidad de observar aquello que hemos estado tapando con el ruido y la furia de nuestra vida cotidiana. Esta no será una tarea sencilla, porque de manera semiconciente nos hemos habituado a distraernos de nuestra realidad profunda para no ver ni sentir aquellas cosas que intuimos como dolorosas y peligrosas. Estar a solas con nosotros mismos equivale a enfrentar nuestro pasado y todos sus fantasmas. El filósofo Heidegger llamó a este modo de vivir como “existencia inauténtica”, es decir, transcurrir nuestros días mirando hacia otro lado y ocupando nuestras mentes con trabajo y divertimentos, todo ello con el fin de no encarar nuestros miedos más profundos. En contraposición, una “existencia auténtica” supone mirar con honestidad y valor hacia nuestros adentros, aceptando nuestros demonios personales y viviendo desde esta base real y sincera, como primer paso hacia a la transformación personal.

  Recordemos que podemos definir a la locura como la falta de contacto con la realidad, y la mayoría de nosotros estamos en mayor o en menor medida desconectados de nuestra realidad interior. Entre un psicótico internado en una institución y nosotros los “cuerdos”, no hay más que una diferencia de grado en el mecanismo de negación de la realidad. Ellos, los “locos”, han ido hasta el punto de crearse un nuevo mundo con tal de no contactar un pasado o un presente que les resulta intolerable. Nosotros, los neuróticos, aunque en un menor grado, también hemos creado filtros para no ver ciertas cosas. La negación es una de las tantas maneras de desconectarnos, y una de ellas es tener nuestra atención tan ocupada que no quede ninguna brecha por donde se pueda filtrar aquello tan temido. Pero, ¿qué es lo que tememos tanto?: lo que tememos todos los seres humanos en última instancia es a la soledad. El miedo a quedarnos solos y desamparados es incluso más fuerte que el miedo a la muerte porque de ésta hemos oído o la hemos visto ocurrir en otros, pero no la hemos experimentado en carne propia (excepto aquellos con experiencias cercanas a la muerte), y de alguna manera es más un concepto abstracto que un sentimiento. La soledad, en cambio, junto a la angustia de separación, las hemos sufrido desde que nacimos. Al nacer perdimos el paraíso que representaba el útero materno y desde entonces hemos estado fuera de “casa”. Al menos, esto es lo que ha sentido nuestro yo psicológico, la parte más superficial de nuestro ser, que nos permite interactuar con el mundo y el resto de los seres. Una vez que se estableció esta angustia existencial, todas nuestra actividades y esfuerzos tuvieron como finalidad acallar o al menos menguar aquel sentimiento de aislamiento. Desde las acciones más elevadas y enaltecedoras hasta las más bajas y ruines, ya sea por las buenas o por las malas, seamos concientes o no, todo nuestro accionar busca compensar el sentimiento de distanciamiento en relación a los otros. Los seres humanos somos esencialmente seres sociales, y aunque nos dañemos y nos matemos los unos a los otros, la humanidad sigue siendo un gran organismo donde las personas son sus células constituyentes (incluso nuestra capacidad pensante se desarrolló por la necesidad de comunicarnos con los otros). De ahí que nuestro yo mental se angustie ante la mera posibilidad de la separación de sus congéneres.

  Ahora bien, debemos saber que nuestra mente sólo es una parte de nuestro ser total. Nuestro Yo real excede los pensamientos y emociones con los que solemos identificarnos y se extiende hacia nuestros cuerpos, nuestra familia, nuestra comunidad y aún mas allá, de modo que “ninguna persona es una isla” y todos estamos conectados en lo profundo. Si nos mantenemos limitados a nuestra mente, se debe únicamente a la estrechez de nuestra conciencia. Expandir la conciencia equivale a expandir el yo, identificándonos cada vez con mayor amplitud, de modo que lo que antes era ajeno y extraño pasa a ser propio. Este el remedio para la violencia y la maldad de nuestro mundo: si incluimos en nuestro ser a los otros, será muy difícil lastimarlos o aprovecharnos de ellos, ya que sería como hacérnoslo a nosotros mismos. Con la expansión de la conciencia y el yo viene la paz que resulta de reconocer que estábamos asustados por ilusiones y sombras sin ninguna sustancia. Los miedos tan temidos se originaban en nuestra percepción errónea e insuficiente de la vida y el mundo. La soledad no era tal.

  Comenzar a darnos cuenta de que nunca estamos realmente solos, de que el universo es una red de seres interconectados y de que nada se pierde completamente, trae la pacificación del espíritu. Podemos considerar a nuestros miedos más profundos como los perros guardianes de nuestra alma. Las Técnicas de Re-Asociación Cerebral (TRAC®) permiten tranquilizar a estos animales asustados y enojados que representan a las partes más primitivas de nuestro cerebro, aquellas que disparan las emociones como mecanismo de protección. Así, con la guía y sostén del terapeuta, el paciente puede atravesar en forma segura sus miedos con un mínimo de disconfort y llegar a conocer aquello que en realidad es.